QUINTO SUEÑO
Jean Santos montaba su caballo. Iba a trote por la orilla. Debió ser las seis de la tarde porque el mar reflejaba una intensa luz naranja. Por ratos el agua tocaba los cascos de Loo. De pronto Jean detuvo el caballo justo frente a ella. A espaldas de él el mar, a espaldas de ella el club. Jean le ofreció la mano. Ven sube, es nuestra última oportunidad. Ella subió lentamente, con cierta duda. Se acomodó y siguieron cabalgando por la orilla rumbo al norte.
Detente. Aún no hemos llegado. Lo sé pero no quiero seguir. Loo se detuvo sin previa orden; ella bajó. Acarició al caballo en el cuello en un acto de despedida y este se desvaneció junto con Jean en medio de la bruma.
Cuando despertó, por culpa de los rayos del sol, no sabia que Jean la había dejado, solo encontró una carta. Ahí le explicaba los motivos de su alejamiento. Al final decía: “…te dejo un obsequio como recuerdo de nuestra gran travesía; esta en el jardín. Adiós”.
De inmediato salió de la habitación para llegar a la sala. Abrió la puerta y avanzó. Sus descalzos pies sintieron la humedad del pasto y de pronto apareció. Al verlo de lejos no se sorprendió, lo reconocía pero no lo recordaba. Sin embargo a cada paso que daba su corazón latía más rápido, jadeaba… y recordó. Ahí estaba alto y blanco nuevamente frente a ella.
No era del todo blanco pues tenia una mancha negra en forma de mano a la altura del cuello y de ahí colgaba una medalla con la inscripción de Loo.


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